La apatía solo se vence con el entusiasmo,
y el entusiasmo se conquista con dos cosas:
un IDEAL  que tome por asalto la imaginación,
y un PLAN concreto e inteligible, listo para ser realizado.

Arnold J. Toynbee

Las cosas no son como las pintan

En el contexto previo a la firma del Acuerdo de paz son más los interrogantes que surgen, que la profundidad y claridad de los textos acordados. El análisis de los especialistas sobre las “causas objetivas y otras subjetivas” de la violencia en Colombia, asociadas con la pobreza, el analfabetismo, el desempleo, la concentración de la riqueza, la corrupción, etc., oscurece, desde este punto de vista, la calidad del diagnóstico sobre los orígenes del conflicto, los diversos rostros de terror que ha asumido durante su descomposición, y el estado actual.

Analizar los elementos que explican un fenómeno social

No es una tarea menor —pero sí inaplazable—, la de devolverse en el tiempo para intentar una aproximación a los hechos históricos que desencadenaron la violencia en Colombia que, para algunos observadores, tuvo sus raíces en tiempos de la conquista, pasando por las guerras civiles en el siglo XIX, la Guerra de los Mil días, y  el periodo de La Violencia de mitad del siglo XX. Cada una de estas manifestaciones de violencia ha dejado un sello que la distingue en cada periodo histórico, y unas transformaciones sociales sobre las que, a sobresaltos, se ha forjado el destino de la nación colombiana. El mínimo esfuerzo que se podría hacer en la difícil tarea de construir un país en paz, es tratar de establecer los elementos básicos que permitan entender el fenómeno de la violencia, en la forma actual de enfrentamiento entre grupos armados de tendencias extremas, como una prolongación de aquellas que han antecedido.

Es claro que después de más de cincuenta años de conflicto armado, el rostro que hoy exhibe la guerrilla no es el mismo de 1964. La cara de las Fuerzas Armadas Revolucionarias-Ejército del Pueblo (farc-ep), en sus inicios, es la de unos campesinos sobrevivientes de la guerrilla Liberal del periodo de La Violencia, perseguidos y acorralados por una fuerza militar combinada de terratenientes, asesinos a sueldo y el ejército del régimen conservador de la época, que originaron el despojo y el desplazamiento de cientos de familias campesinas, y como única alternativa recurrieron a la lucha armada de resistencia de origen liberal contra la campaña de exterminio, denominada de “pacificación”.

Del estatus romántico de ayer al status político de hoy

La sobrada mayoría de edad de la guerrilla de las farc, deja ver las huellas del alto grado de degradación en que ha caído su accionar. Se puede afirmar que la validez del proceso de negociación con este grupo armado, se da tan solo por su mera existencia ya longeva y,  de ninguna manera, por los actos de barbarie perpetrados contra la población civil, los atentados contra la infraestructura y el medio ambiente, el uso de artefactos explosivos al paso de humildes labriegos, estudiantes y soldados campesinos, las prácticas extorsivas y de secuestro, y la intimidación contra las manifestaciones populares de amplias masas de la población en rechazo a sus acciones violentas y violatorias del Derecho Internacional Humanitario. El deshonroso título de ser la guerrilla más vieja y anacrónica del mundo, recuerda el caso del soldado japonés Hiroo Onoda que permaneció aislado en su trinchera durante treinta años a la espera de una señal de victoria que nunca llegó, y que al salir a la luz solo fue objeto de expresiones de misericordia y compasión.

La inviabilidad de una victoria militar entre las fuerzas armadas en contienda logró reducir las voces que apoyaban una solución militar al conflicto, y tras un breve periodo de conversaciones secretas entre el Gobierno y los representantes de la insurgencia armada, se impuso una agenda para iniciar un proceso de paz, que bajo la firme voluntad del Gobierno obtuvo una amplia mayoría ciudadana en favor de hallar una solución política como salida al desangre y padecimientos sufridos por tantos años. Esa inviabilidad de una salida militar al conflicto armado se asocia con múltiples factores, bien sea por la ausencia de una superioridad manifiesta de un grupo armado sobre el otro, por el natural cansancio de librar una guerra sin salida, sumado a la decadencia moral derivada de las acciones de guerra que sucumbe a los combatientes, y al aislamiento de los grupos de presión que vociferan por continuar la guerra hasta el fin de nuestros días —movidos por intereses de diversa índole que nada tienen que ver con los llamados a la defensa del honor de la patria y la soberanía nacionales—, entre otros muchos. La instalación de la Mesa de negociación de La Habana (Cuba) fue recibida con innumerables expresiones de júbilo y esperanza por amplios sectores políticos, sociales y económicos a nivel nacional e internacional, que tras largas jornadas de negociación se encuentran, como en una película de Alfred Hitchcock, conteniendo el aliento ante lo que ha de ser el desenlace final de esta tragedia.

El poder de la negociación o la negociación del poder. He aquí la disyuntiva que se presenta

Un acuerdo de paz con las farc supone el comienzo del fin de esta pesadilla que ha condenado al atraso a buena parte del campo colombiano, y abre las expectativas a un periodo de relativa tranquilidad y bienestar colectivos. Se habla de una “relativa tranquilidad”, porque aún después de la firma del acuerdo, quedarán rezagos de las estructuras armadas que, más temprano que tarde, han que sumarse al ciclo de negociaciones y pactar con dignidad el abandono de las armas, el respeto a la vida de toda persona que se configure como opositor de sus propuestas, y la transformación en organizaciones políticas legítimas bajo el amparo y protección del Estado.

Un examen al contenido de los documentos acordados en la Mesa de negociaciones de La Habana, —al menos los que son de conocimiento público—, lleva a preguntar si este es el precio que hay que pagar por el silencio de los fusiles, tras cincuenta años de guerra y más de 220.000 muertos entre civiles y militares.  A pesar de los cuestionamientos y las dudas, desde este punto de vista, no  se debe vacilar en la firma del acuerdo en los términos conocidos, no sin antes manifestar que las reformas allí contenidas por si solas no producirán un salto revolucionario en la vida de los colombianos, si no están precedidas por un profundo cambio cultural que impacte al conjunto de la sociedad colombiana, y una firme determinación de combatir y derrotar tantas otras amenazas que pesan sobre la democracia y la soberanía nacionales.

Así las cosas, varias son las razones para mantener elevado el optimismo frente a las negociaciones, a pesar de los obstáculos al proceso y el tránsito sobre campos minados por la desconfianza, el escepticismo, el “delírium trémens” que se apodera de algunos voceros y la impaciencia que empieza a hacer mella en el ánimo de los colombianos. Entre estas razones, se pueden contar el logro de romper el aislamiento del conflicto colombiano en el marco de las relaciones internacionales y contar con el apoyo de la comunidad internacional representada por los países garantes y los organismos internacionales que extienden un manto de garantías al proceso y lo blindan frente a los desacuerdos o incidentes que se presenten durante las negociaciones; la organización de las víctimas para denunciar los crímenes y atropellos de que han sido objeto, sobreponiéndose a su dolor, han logrado alzar su voz a medida que avanza el proceso, amparados en el alto al fuego decretado unilateralmente; los duros golpes militares con la muerte de algunos de los principales dirigentes de las farc  y la desarticulación de los corredores por donde se aprovisionan logística y financieramente los frentes, que contribuyen a su debilitamiento por la insostenibilidad de operar su pesado y costoso proceso logístico. No obstante, se sostiene que “Ni una sola víctima más que cobre este conflicto durante el periodo de negociación”, debería ser la consigna y la razón más importante para dar continuidad al proceso y así, justificar la participación de los actores involucrados en las conversaciones de La Habana.

La educación no es una mercancía que se transa con actores armados en búsqueda de la paz

Las escuelas, los colegios, las instituciones técnicas y tecnológicas, las universidades, las asociaciones de estudiantes y padres de familia, los sindicatos de educadores, han jugado un papel trascendental —principalmente en los últimos treinta años— en el abordaje de los temas asociados con la paz. Desde hace ya varios años en el país se ha mencionado el término como una promesa inconclusa  en los gobiernos de Turbay, Betancur, Pastrana y ahora, en el Gobierno Santos. En los la década de los años ochenta parecía un elemento novedoso, pero hoy después de las experiencias vividas parece tener un efecto de letargo que se apodera lentamente de los colombianos; tal vez porque el país ha sufrido un “proceso de paz” casi tan largo en el tiempo como el conflicto mismo que pretende acabar.

Durante este largo trayecto en la búsqueda de la paz, las instituciones educativas y gremiales a través de sus rectores y dirigentes han conducido sus esfuerzos al desarrollo permanente de una “educación para la paz”, motivados por un imperativo ético y moral hacia la humanización de la sociedad, y no tan solo urgidos por los acontecimientos políticos y sociales que dictan el día a día y no permiten ver el afuera y el mañana. Sin embargo, una educación para la paz no se puede concebir si se entiende como una cartilla con un amplio glosario de términos que se debe recitar todas las mañanas al iniciar la jornada escolar, y si se supone que tras la firma de los acuerdos de La Habana, cesan como por arte de magia los “conflictos” entre los colombianos.  El aporte de las instituciones de educación superior a la “educación para la paz”, lejos de ser un catálogo para principiantes, cuenta con la experiencia y el conocimiento aportados por expertos académicos e investigadores sociales tanto nacionales como extranjeros, y por importantes proyectos educativos y sociales, con trabajo tanto en el campo como en la ciudad, lo que revela una intensa participación de la educación superior en los temas relacionados con la paz de Colombia. La gran cantidad de acciones dentro de la sociedad en relación con la paz, -propaganda, diplomados, seminarios, talleres, congresos-, son un buen ejemplo de ello. Sin embargo, el peso de estas acciones no son objeto de observación por la sociedad. La capacidad de auto observación de la sociedad respecto del volumen de las actividades que a diario se realizan, nos aportaría una mirada mas amplia sobre los diversos escenarios de participación de la educación superior en el país alrededor de los asuntos vinculados a la paz, y nos ayudaría a identificar los grandes determinantes del conflicto.  Otro aspecto a destacar es la eficacia de todo este movimiento en relación con la búsqueda de la paz. Tanta energía invertida en un sinnúmero de actos debería estar representada en una gran influencia en el diseño y conducción de los diálogos de la sociedad civil en un contexto de negociación. No ha sucedido así. Es necesario hallar un balance entre lo que Habermas llamaría la acción estratégica más que alrededor de lo que el mismo autor llamaría la acción comunicativa, representada aquí por la gran variedad de acontecimientos académicos que desde la educación superior y movimientos ciudadanos se realizan diariamente a lo largo y ancho del país.   Dos buenos ejemplos para resaltar son la Red Universitaria por la Paz (Redunipaz), que desde 1997 ha venido desempeñando un papel fundamental en cumplimiento de uno de sus objetos misionales, “la paz es un derecho y un deber, de obligatorio cumplimiento”, y la Red de Iniciativas Ciudadanas por la Paz y contra la Guerra    (Redepaz), que desde 1993 impulsa la participación ciudadana en la construcción de la paz desde el territorio, experiencias éstas que nos llevan finalmente al tema de la práctica. El paso del dominio informacional al dominio operacional es un asunto complejo en todos los terrenos, pero en este tema en particular es sumamente importante. De allí parte la necesidad de generar prácticas de convivencia en los entornos concretos en que vivimos, particularmente en la Escuela, -que simboliza en general al sistema-,  como territorio libre para la convivencia, la reconciliación y la solidaridad. Y a la par con esta condición humanitaria, la escuela se proyecta también como constructora de paz, factor aglutinante en torno del cual las autoridades, los maestros, los estudiantes, padres de familia y comunidad, escriben la nueva historia de sus ciudades y regiones en la antesala de la firma de los acuerdos de La Habana.

Una de las acciones más importantes a emprender desde la escuela se refiere a “desarmar la palabra”, que consiste en eliminar toda expresión que corresponda a un lenguaje de guerra. Cuidar el lenguaje, cambiar el lenguaje, es absolutamente necesario como resultado de un salto cualitativo que el sistema de Educación Superior debe alcanzar.  Así mismo, la Educación Superior tiene el deber histórico-cultural de ser un verdadero y real sistema auto-regulado para que las instituciones educativas cumplan con su misión de gran articuladora, productora y promotora y en suma vanguardia de la Educación para la Paz.

Felipe Ortiz
Director Ejecutivo REDTTU